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OPINIÓN

 

Jodidos sí, pero no contentos

© Joaquín Hortal
27 de septiembre de 2010

Es extraña esta huelga. Extraña por qué una huelga que debería beneficiar al PP, por cuanto daña al gobierno del PSOE, da la impresión que se le hace a él, y las herencias económicas de las políticas Aznarianas de perfil neocon de la última década. Pero, ¿no continuó el PSOE las políticas económicas del PP hasta el inicio de la crisis? Todos se felicitaban de que Solbes se pareciera tanto a Rodrigo Rato.

Es rara esta huelga que ya se convocó mal: suena ridículo llamar el 21 de junio a una huelga general que se ha de realizar el 29 de septiembre. Pero también es claro que una huelga convocada en verano, con media España de vacaciones, con un país a medio gas, estaba condenada al fracaso: apenas se iban a notar las consecuencias de un huelga en julio o agosto. Si hubiesen esperado a septiembre para la convocatoria, también sonaría ridículo haber dejado pasar dos meses después de la aprobación de la reforma laboral. Y no había duda que en junio había grandes presiones sobre los sindicatos para hacer algo: aunque fuese una convocatoria a tan largo plazo. Más que mal convocada la huelga, lo que sí parece es que el gobierno eligió la fecha más apropiada para aprobar su reforma laboral con el mínimo escándalo posible.

Como la mayoría, en las últimas semanas apenas me acordaba ya de esa convocatoria de huelga, y tenía la sensación de un fracaso en ciernes. Mi postura era ambigua y poco meditada en ese momento, principalmente por sentirme lejano a una huelga que me coge de vacaciones y a la que no obstante no me podría unir porque las características de mi trabajo me hacen siempre estar de servicios mínimos. Como tampoco había entendido demasiado los dimes y diretes de patronal (que no sé quién la elige ni a quien representa ni que derecho tiene para decidir sobre las vidas de millones de trabajadores y trabajadoras) y sindicatos de clase durante meses sobre una reforma laboral que prometía lo que no va a cumplir: trabajo digno. Parece obvio que si quitamos calidad al trabajo vigente se puede generar más trabajo, también de baja calidad, o lo que es lo mismo: de cada puesto de trabajo actual, si le quitamos sueldo, cargas sociales (paro, seguros sociales,...), etc... podemos sacar dos nuevos puestos de trabajo, pero ¡que clase de puestos de trabajo! La patronal se frota la manos con la reforma.

Pese a mi pasotismo, hace unos días vi unas declaraciones del portavoz económico del Partido Popular y exministro de Hacienda, Cristóbal Montoro: dijo literalmente que esperaba que la huelga fuera “un fracaso de convocatoria y de realización”, así como “la última que se lleve a cabo en España”, con la peregrina explicación de que “no tiene ningún sentido que en el siglo XXI se sigan convocando huelgas generales”. Ahí lo llevas. Se me pusieron los pelos como escarpias: un personaje político, con gran calado en su partido, partido que representa, según encuestas recientes, a casi la mitad del país, se permitía decir en voz alta que espera que ésta sea la última huelga general. Que yo sepa, las huelgas generales sólo están extinguidas allí donde están prohibidas: vaya, en las dictaduras.

Y de la misma manera me sorprendió que en estos días todos los medios de la derecha (que proliferan en el espectro televisivo: Veo7, La10, La10Andalucía, y la ínclita Intereconomía) se desfondan en ataques a los sindicatos y liberados sindicales y en descrédito de la huelga, mientras determinados personajes del PSOE se muestran simpáticos cuando no partidarios de la propia huelga (véase Antonio Gutiérrez, diputado del PSOE y exsecretario general de CCOO).

Y con esta disonancia de que los que se benefician de la huelga (la derecha) sean los que más la atacan, mientras los perjudicados, el PSOE, la contemplan con cierta aquiescencia, se concluye que las posturas están ideologizadas: por un lado el PP y sus palmeros ejercen de lo que son, la derecha, y defienden al patrón. Por otro lado el PSOE se mueve en la ambigüedad de haber hecho una reforma laboral que creen imprescindible, pero que saben que de haber estado en la oposición, serían los primeros detras la pancarta (¿no le decían a ZP pancartero?).

Con esto queda claro que se despertó mi interés, así como también mi estima, por esta huelga. Fuera del motivo principal de la misma, la reforma laboral, encauzada al deterioro de derechos de los trabajadores en favor de beneficios económicos de la patronal, la huelga contiene como he relatado, elementos ideológicos que la hacen paradójica. Así que ¿a quién le hacemos esta huelga, al gobierno o al PP? Da la impresión de que asumimos que ZP y su gobierno han tomado las medidas económicas dictadas por las multinacionales (ya sean empresas u organismos internacionales a los pies de éstas) para acallar las dudas financieras suscitadas, pero que realmente todo habría sido mucho peor si el PP hubiese gobernado. Da la impresión de que somos indulgentes con ZP, al menos con el tema de la reforma laboral, porque la creemos imprescindible. Y ¿qué huelga puede triunfar con los dos partidos principales en contra?

Las palabras de Montoro, no sé si muy meditadas, llevan a reflexión: ¿cuáles son esas otras formas de reivindicación que tiene el pueblo frente sus gobernantes a parte de las huelgas? Si decimonónicas son las huelgas, también lo es el sistema en que se encuadran: la tan cacareada democracia.  Porque en la sociedad de la información, de Internet, de la comunicación, mucho más anticuado es el sistema electoral  de urnas, de elecciones cada 4 años (cuando podemos estar todos hartos de un gobierno o de un parlamento al mes: vease Aznar y su guerra contra Irak), de partidos de escasa democracia interna, de listas cerradas, de bipartidismo no proporcional, de sistemas que permiten que un partido con casi un millón de votos (Izquierda Unida) tenga dos diputados, y otro con 200 mil votos menos (CiU) tenga 10, etc. ¿Y de qué otra manera pueden los trabajadores manifestar su opinión? ¿Esperando las próximas elecciones? Y entonces qué: entrará el PP en el gobierno y mantendrá o agravará los recortes sociales. ¿Ese es el instrumento más moderno que propone Montoro de reivindicación?

En Cuevas la huelga demuestra sus limitaciones. Los autónomos, mayoría, ¿son trabajadores o patrones? El que tiene una panadería, si no abre el 29 de septiembre, ¿es huelguista o cierre patronal? ¿Y si tiene un empleado externo? Y el autónomo del campo ¿en qué se nota si abandona sus labores ese día? En un país de autónomos y empleados públicos, las dialécticas del pasado (obreros vs patrones) son más complejas y no nos facilitan la clasificación; pero eso no quita ni fuerza ni importancia a una huelga: aunque sólo sea el derecho al pataleo.

Cuando Montoro habló, me limpié de ambigüedades y me hice claro partidario de la huelga. No servirá para nada, porque seguro que no servirá, pero menos sirve callar y aguantar. Jodidos sí, pero no contentos. Buena suerte.

 

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