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OPINIÓN

 

Cuento del niño que fue a por uvas 

© Francisco Martín
13 de septiembre de 2008

Aquella mañana se levantó temprano, habían quedado todos para ir a comprar las “cosas” para la vendimia, en Baza, en el Mercadona, seguramente sería más barato y…”hay de todo”.

Ya tenía 16 años, igual que la mayoría de sus amigos, ¡podía trabajar!, y por fin se acercaba lo que han estado hablando todo el invierno: “…este año, todos a la vendimia”. No se explicaba porque estaba un poco nervioso, no pasaba nada; otros, ya lo habían hecho el año pasado, y otros antes que ellos y todos contaban que era muy duro, pero merecía la pena. Además la comida se la llevan de España, va ha ser igual que aquí, y es menos de un mes y tendré dinero para mis cosas, para no tener que pedir a mis padres, “…pa lo que yo quiera”.

Y llegó el viernes, cualquier viernes del mes de septiembre, y todos entre risas nerviosas cargaron las maletas, las cajas con el aceite, la comida, (…”llevamos salchichón para un regimiento, anda que vamos a pasar hambre y además la madre del… guisa de ¡p.m.!), las bolsas que ahora cargan, no llevaban la misma ropa que en otros viajes -¿te acuerdas cuando fuimos a Disneyland Paris?– y las ganas, también las ganas las subieron al autobús, repartidas cómodamente entre los asientos de atrás, -igual que en las excursiones del Instituto, de la ECO, de…-

Pero no era igual, pronto se dio cuenta que entre las risas, las palmadas, los últimos besos, los últimos consejos, las miradas no eran igual. Tampoco eran tristes, estaban quizá un poco ausentes, por eso no atendió el último saludo de…, que se iba a Granada en el coche de su padre a buscar piso, pues empezaba la Universidad. El iba a “por uvas” y empezaría tarde el Instituto, otros ya lo habían dejado, otros no se han presentado a los exámenes y no saben que harán el año que viene.

Tampoco era consciente, (ni era momento), del terrible problema que estaban creando con su marcha. Muchos de los programas públicos que estaban específicamente dedicados a la juventud, desde las instituciones autonómicas, provinciales y locales que se preocupaban de la juventud, (todos ellos desde una visión progresista transversal, atendiendo a criterios de igualdad, con perspectiva de género y criterios multiculturales de sociedad que avanza hacia la diversidad, no podrían implementarse en su pueblo), por falta de jóvenes. Tampoco podrían asistir a los múltiples encuentros que se han organizado para ellos como el “Salón de dibujo Manga”, ni resolver las dudas existenciales que tiene sobre la problemática de los “derechos de la mujer indígena” y más aún se quedará eternamente sin saber la relación entre “género y flamenco”, o el problema del “sexismo y la masculinidad”, y mucho menos conocer las nuevas estrategias, acciones y reformas legislativas que se están preparando por su bien. ¡¡Lástima!!.

Tampoco sabía que estaba entrando en un círculo peligroso del que sería muy difícil salir: me voy a la vendimia, me apunto al paro, sobrevivo con jornales, me voy a Ibiza y en cada paso voy comprando sin saber las papeletas terminadas en “ero” de jornalero, camarero… y me creo necesidades, un coche –de segunda mano- y poco a poco, buscando el trabajo que no tengo en mi pueblo, paso al magnífico sistema de protección social que nos tienen reservado a los jóvenes del medio rural (lo llaman fijar la población al territorio) y así el de las fincas, el del taller, el de los tomates, el del Taller de Empleo, el de… se aseguran de tener mano de obra barata, multidisciplinar, joven y sumisa.

Casi a la vez que el autobús salía para Francia, empezaron a cruzarse mensajes de móvil entre “políticos locales”,  en esto y en pocas cosas más, si que coincidían: “…mañana Karaoke en la sede…pásalo”; …” mañana a las 2 en el cortijo de …., llévate la paella grande”; …”mañana a las 9 en la terraza, vamos a hacer la última barbacoa del verano, llévate el vino y la guitarra”.

…Y quedaron algunas casas vacías, con vecinas encargadas de regar las macetas y cuidar las gallinas y los conejos, y muchos “cuartos”, también vacíos, que las madres miran cada día y tienen el olor de los hijos – o eso les parece a ellas-, y entre “…se le habrá olvidado algo” y “…que no les pase nada, Dios mío”, va entendiendo que “su… ya es un hombre “, y pronto, muy pronto dejará el hogar.

Pero el tiempo pasa rápido y todos “los niños que fueron a por uvas”, volverán, con sus euros cambiados en Francia por sudor, por dolores de riñones, por manos agrietadas, por…¡que raros son los franceses, joer!, y contarán mil historias, las mismas historias de cada año, y repartirán generosamente sus euros de sudor de Francia en las barras de los bares, en las tiendas de Baza, en… y para finales de octubre, se habrá secado el sudor y seguramente los euros.

Será entonces el momento de implementar nuevos procesos participativos, que incorporen a la juventud al desarrollo futuro desde la perspectiva de igualdad de género –por supuesto- y atendiendo a criterios objetivos redundantes que posibiliten el sistema de protección social ante la crisis, de un modo armónico y comprometido – ecológico desde luego-, de modo que tomen conciencia del problema del pingüino antártico, de los efectos perversos del cambio climático y de que, definitivamente, cuando arreglen el pantano de la Bolera, y las aguas del Negratín lleguen al Mirador, de tanto turista nudista que se bañe en ellas, se arreglará todo. ¡Suerte que tienen, y no los de Zújar, con tantos invernaderos, hoteles, balnearios y naves industriales!

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