Quillotro
OPINIÓN

 

Una historia verdadera

© Joaquín Hortal
21 de mayo de 2008

“Primero vinieron a buscar a los comunistas,
 y yo no era comunista así que no hablé.
Después vinieron por los socialistas y los gremialistas,
 pero no era lo uno ni lo otro así que no hablé.
Después vinieron a por los judíos,
 pero yo no era judío así que no hablé.
 Y cuando vinieron a por mí
ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”

Versión oficial (legada por su viuda) de la cita, que no poema, de Martin Niemöller, pastor luterano alemán (si bien se atribuye frecuente y erroneamente a Bertolt Brecht)


 


 

Esto se cuenta que sucedió en Cuevas del Campo en tiempos de pobreza moral. Eran tiempos de misas diarias y procesiones de cura, alcalde y tricornios. Dicen que ya estaban constituidos tres partidos políticos en el pueblo y que habían estado en litigios electorales un año antes. Los miembros de uno de los partidos, el socialista, dispusieron hacerse de una sede que le sirviera de centro de reunión, discusión y relación, y así dejar de hacer esos menesteres entre vinos y bares. Y fue así que alquilaron un local, un bajo que hasta unas semanas antes había servido de bar de copas año tras año.

Como quiera que las fiestas de San Isidro estaban próximas, cuentan que los miembros del partido socialista quisieron hacer de su sede también una caseta de feria y sacar así unas perrillas para financiarse. Pidieron permiso al ayuntamiento y éste se lo denegó, aunque ese local había sido bar lícito hasta sólo unas semanas antes. Arguyeron varios defectos: los accesos, algunos cables por fuera, los portarrollos, los secamanos… defectos todos presentes en la apertura previa del bar, pero claro, la apertura era por no-socialistas.

Los miembros del partido se sintieron engañados por este doble rasero con el pasado, pero peor fue cuando vieron montar en medio del ferial, una caseta de otro partido, el andalucista, uno de los que estaba por entonces en el poder. Esa caseta, cuando menos, tenía los mismos defectos que la sede socialista y por tanto, tampoco se le tendría que haber permitido abrir. Pero se abrió. Y es más, con tal purismo a la hora de permitir casetas, ni siquiera la verbena se podría haber abierto porque ni accesos ni baños separados del resto del edificio ni nada de nada cumplía. Pero claro, al parecer en aquellos tiempos había normas que tenían que cumplir solo los socialistas y de las que los demás estaban exentos: cosas de estar en el poder debía de ser… Y sin embargo cuentan que los miembros socialistas callaron y tragaron.

Algunos dicen que entonces los miembros del partido socialista decidieron no gastar sus propios dineros en otros bares, y organizar una fiesta privada en su nueva sede, y así lo hicieron saber a sus amigos. Cuentan muchos que se escuchó en voz baja que el alcalde no permitiría esa fiesta, pero no quisieron creerles. Y fue que aquel día 15 de mayo que habían quedado todos sobre la medianoche para alternar entre copas e inaugurar el nuevo local del partido socialista, que se encontraron la puerta de su sede precintada en nombre del Alcalde de Cuevas del Campo. El alcalde por entonces, era líder del otro partido, el popular, aliado con el andalucista por el poder. Si grande fue la perplejidad ante la prohibición de la caseta, ahora grande se hizo la indignación por la clausura de la sede: “¿nos prohíben abrir nuestra propia sede para beber lo que nosotros mismos hemos comprado?” se preguntaban asombrados. “¿Tanto crimen es no ser del partido del alcalde?” se decían otros.

Se dice que mucho discutieron los socialistas ante su sede precintada. Hablaron de censura y de persecución de ideas. Aquello les sonaba a ley del embudo, todo para unos y nada para otros, a dobles raseros y a venganzas políticas. Les olía a libertades pisoteadas y derechos vulnerados: el de reunión, el de discrepancia con el poder, el de libertad de partidos. Decían que apestaba a autoritarismo, a gestos de otros tiempos, a aquello del partido único, del “arriba España” y del “Cara al sol”.

Y dicen que no faltaron ganas entre aquellos de entrar en su local por la fuerza y atrincherarse en su interior con sus ideas y su discrepancia. Pero ya no eran tiempos de barricadas ni de correr delante de los grises ni del “no pasaran” ni del “prohibido prohibir”, aunque el dictador fuera tan parecido. Más sosegados, los miembros del partido decidieron reivindicar sus derechos allí donde se hacía en los tiempos de libertades: entre el pueblo y los jueces. Aquel San Isidro acabó, y el precinto seguía ahorcando el derecho a pensar de forma diferente.

            En esos días el gobierno del pueblo en la voz de un concejal, se vanagloriaba en el programa de fiestas de conocer que “…en Cuevas del Campo hay más de ocho puntos de venta de drogas, todos perfectamente conocidos por nuestros jóvenes…”. Hablaba de venta de drogas ilegales, claro está, dentro de los límites del municipio. Sin embargo los precintos del alcalde no fueron para cerrar esos puntos de venta ilegales sino más bien para clausurar la sede de un partido político, el socialista. Lo de las drogas ya se solucionaría “con reuniones en la Casa de la Cultura”.

Aquel año de 2008 San Isidro no lloró sangre, no se abrieron los cielos al paso del Santo de vuelta de la Colonia (muy al contrario diluvió y se trajo al santo en camión por la lluvia). Aquel año no sucedieron prodigios asombrosos y ya son pocos los que recuerdan lo que he contado. Sin embargo aquel año y con aquel gesto se regresó a la España de los caciques, a la del beso en el anillo del cura y el repelús por los tricornios, a la de “hago lo que quiero y cuando quiero porque soy el que manda”. Aquella vez vinieron sólo a por los socialistas y los demás no hicieron nada por que no eran socialistas, pero después vinieron a por…

Así es como me lo han contado a mí, pero ésta no deja de ser una versión de un hecho del pasado. Si alguien sabe alguna más veraz… que la cuente.

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