Quillotro
OPINIÓN

 

Tengo mucho que agradecer

© Manuel Hernández García
24 de febrero de 2007
Tito Larcio: Digno señor, sangras. Tu ejercicio ha sido
 demasiado violento para emprender una segunda lucha.
Marcio Coriolano: Señor, no me alabéis. Mi trabajo aún
 no me ha calentado. Que os vaya bien. La sangre que me
gotea es más bien benéfica que peligrosa para mí, con
que iré a buscar a Aufidio y lucharé. 
 
Coriolano, Acto I, escena IV. W. Shakespeare. 
 
      (Me gusta a mí este estilo este que ha creado Hortal de empezar con frases de estas que dicen mucho)


 

 

 

 

 

      Este escrito es de fácil contenido pero de difícil principio. Es como el amor, lo malo, para algunos, no es como acabamos sino que no sabemos como empezarlo. Es fácil porque sé a quién agradecer pero difícil precisar la primera frase.

      He estado 10 años a capa y espada con el Partido Andalucista y es un honor haber terminado en mi pueblo, en el pueblo de mis padres, de mi familia y de mis amigos. Primero y antes por mis padres, como no, con su adhesión feudal a mi esfuerzo. A mis hermanos: Regino que me cuida, Pepe que me adoctrina, Javier que me guía, Marilola que me enseña. Mis sobrinos, mi ilusión de luchar por dejarles un país mejor. Mi tía Pepa, siempre mi tía Pepa y mi tío Vicente, con su abstracto apoyo. Y mi novia, porque durante estos diez años mi agenda, la nuestra, ha sido exclusivamente la del partido, que marcaba mi calendario. Y a Juan Enrique, mejor amigo uno no puede tener: durante estos años y fuese la hora que fuese iba a buscarme para que no estuviera solo repartiendo publicidad o pegando carteles, sin él saber ni querer saber nada de política, tan solo y tan alta amistad. Y en todo envuelto a Andrés Manuel, con el que habría contado para los proyectos,  el amigo que tuve cuando empecé a crecer, a descubrir mi mundo. Sin olvidar a José Ramón, del que siempre necesito su refrendo.

      Tengo en exceso que agradecer: cuando empecé el proyecto, en julio de 2006, le comenté a unos muy pocos el plan. Me apoyaron y eso me animó. Conforme vi, por la experiencia acumulada, las expectativas de complicaciones para sus vidas personales y profesionales me dolió apartarlos y no contar con ellos de forma explicita. Siempre sin reproche. Estos mismos amigos que cuando sucedió lo indecible, con ira ante un irresistible destino, se sintieron apesadumbrados, sabedores de que la noble amistad lo habría evitado. Demasiado.

      A casi todo el pueblo, menos a 407, porque entre el hecho de la tragedia en mi familia -sólo las familias con estas tragedias sabemos lo que es la caída a un pozo de dolor, sin fin- y el hecho de mi renuncia no tuve sino apoyo, respeto y consideración. Entre ellos, como la esencia, dos personas entrañables para mía: Juan José y María la Mecánica .

      Y al PSOE de Las Cuevas, en bloque, por este mismo respeto a mí, donde no sólo vieron a Manuel Hernández, sino también a un paisano en una terrible tragedia.

      ¿Los motivos? No es digno para los acreedores, mezclar mi deuda de agradecimiento con los motivos, cuando ni siquiera son loables.

      Hay gente en el pueblo, pocos o varios, que votarían al PA por el hecho de seguirme. Es un buen motivo, claro, pienso yo. Deben de buscar otros argumentos, que los hay, pero este ya no. No me voy nada satisfecho; si es verdad mi esfuerzo pero lo logrado es más desolador que un paisaje estéril sin alambradas. Y ni siquiera puedo pedir disculpas porque lo he hecho bien. Ahora entiendo a los cristianos, con su necesidad de ser perdonados. A mí, por una jugarreta en la que estaba siendo destinado, se me veda la posibilidad de pedir perdón. Son cosas.

      Una conclusión que sí es buena: todo el mundo, sea cual sea la edad, haced todo lo posible por cumplir vuestro sueño, vuestras ideas. Yo lo he hecho con toda la pasión y con toda la cabeza que tengo, que con el pelo largo es mucha. Y echo al vista a tras y sólo puedo ver un maravilloso puzzle de trabajo, ilusión y sensatez. Tal vez las cosas no haya que hacerlas con tanta pasión pero si hacerlas.

               Me queda, ahora, un coqueteo con un universo más placentero, el del agradecimiento. O sea que si os veo en cada palabra habrá fuerza para eso. 

 

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