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La cuesta del Campo: un paseo por la historia

© Joaquín Hortal
14 de diciembre de 2008

Principios de septiembre. Varias veces habíamos bajado por la Cuesta del Campo hasta llegar al nivel de las aguas del pantano, para volvernos por el mismo camino. Ese día, la idea era no desandar los pasos dados y cerrar el paseo en un circuito por las Amoladeras. Así expliqué mis intenciones entre cafés, pero no convencí a nadie: me tocó hacerlo solo. Dejé el coche en la anchura que hay en el cruce de la carretera de las playas con el comienzo de la Cuesta del Campo, justo después de las primera curva a derecha que hay pasada la Venta del Deseo.

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La Cuesta del Campo es el camino viejo de Zújar. En textos antiguos sobre la zona lo mientan como el Camino de Andalucía o el Camino Real. Este último término recuerda la posibilidad, no constatada en ningún escrito, de que fuera parte de la vía romana que comunicaba la costa almeriense con el interior. Con antigüedad romana o no, este camino ha sido transitado desde hace más de mil años, y así lo atestiguan las monedas que algunos han hallado en su trayecto.

La cuesta aprovecha una larga rambla que arranca en los aledaños de la Venta del Deseo y que de forma más o menos rectilínea se dirije hacia Zújar: el Barranco de la Cuesta del Campo. El camino es ahora una pista forestal arreglada en parte con graba y drenajes.

Antes de terminar la parte arreglada sale un sendero a la izquierda señalado con una flecha de madera, que se adentra en la rambla por su margen derecho: esa es la vieja Cuesta del Campo.

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En esta primera parte, el camino es ancho y fácil de seguir. Sin embargo asusta la aparición repentina de simas y torcas profundas. Aveces tan sólo vemos un pequeño orificio que, con extrema precaución, podemos reconocer que está rodeado de terreno ahuecado con grave peligro de hundimiento. La pared derecha de la rambla es pendiente y escarpada, muy erosionada, y la lluvia la ha oradado en vertical ocasionando estas torcas, chimeneas y cárcavas que con el tiempo terminarán abriendose en nuevas ramblas. Estas formaciones abundan por todo el terreno circundante y son responsables del abandono hace décadas de una parte del camino.

Con este riesgo en las mientes avancé. El sendero desciende poco a poco, hasta que la erosión casi lo hace desaparecer. En ese momento lo más facil fue descender al fondo de la rambla. A los pocos metros el pantano pone sus primeros obstáculos: la vegetación aparecida en las tierras que han estado sumergidas es tan tupida que apenas deja avanzar. Además sus ramas son resinosas y pegajosas y no es agradable cruzar entre ellas. Al fin alcancé el agua.

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En torno a la ribera del pantano la tierra está escalonada en múltiples cortes asimétricos que reflejan los cambios continuos de nivel que experimentan las aguas del Negratín. Crucé al lado izquierdo de la rambla y tomé como táctica caminar sobre uno de los escalones, unos metros sobre el agua. Antes de abrirse al pantano, el Barranco de la Cuesta del Campo recoge dos ramblas que terminan en su margen izquierdo. En ellas el agua apenas se introduce unos metros, pero obligan a bordearlas.

Donde la ribera es llana y el agua es una amplia lengua, abundan la huellas de animales que se acercan a beber. Jabalíes, zorros, liebres, dejan su rastro. Unos metros más adelante, también hallé las huellas profundas de los zapatos de otro explorador que debió llegar embarrado a casa.

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Terminado el Barranco de la Cuesta del Campo se abre el paisaje: el Jabalcón a la izquierda, Casa Blanca enfrente y a contraluz a la derecha, se adivina la presa. A un lado y otro, la ribera está entrecortada por sucesivos puntales y ensenadas.

Por los entrantes y salientes me encaminé hacia la Rambla de la Cijira. Sin lluvias en julio y agosto, con el trasvase del Almanzora a pleno rendimiento y las compuertas abiertas, el nivel del embalse es sensiblemente bajo. Donde el terreno es pedrajoso se camina con seguridad, pero hay que vigilar mucho las partes arcillosas próximas al agua en la que el paseante descuidado se puede hundir hasta la rodilla.

El agua en su descenso de nivel además de escalones esculpe las areniscas: las agujerea, las limpia de arcillas, las resquebraja, las desprende como amplias placas que asemejan los restos abandonados en un cementerio de barcos.

Entre el Barranco de la Cuesta del Campo y la Rambla de Cijira desciende una cresta: la Cuesta de las Amoladeras, y allí me dirijía.

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Los conglomerados infértiles se continúan de bosques de árboles petrificados: los cadáveres de pinos ahogados de improviso por la subida de las aguas interponen ramas desnudas y afiladas que por momentos nos dificultan el avance.

Ya estaba cerca del antiguo Cortijo de la Cijira, aquel en el que vivió Ramón Chirribinas, padre de las centenarias Pastora y Paz. Allí donde se han retirado las aguas, aparece un manto continuo de Tarais espesos. Para continuar es obligatorio abrir paso entre esta vegetación de tacto pegajoso y desagradable. Las ruinas del cortijo apenas se elevan unos metros por encima del pantano. De mantenerse en pie, sería una agradable vivienda en primerísima línea de costa.

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En verano el sol se pone más al noroeste, por lo que aquí, a la orilla del embalse, el sol hace ya minutos que se ocultó detrás de las Hermanicas. Era momento de volver antes de que ya de noche, fuese más dificil encontrar un camino.

A la izquierda, hacia el nordeste, se adivina el final de la Cuesta de las Amoladeras. Abandoné las que fueron tierras sumergidas y caminé, entonces entre pinos saludables y angostas crestas con torcas a un lado y otro. Alcancé la Cuesta, un último vistazo al entonces lejano Cortijo de la Cijira, y ya oscurecido, emprendí un largo regreso nocturno por el camino arreglado de las Amoladeras.

Más de tres horas de paseo por camino inventado por la suela de mis zapatillas. Algunas imágenes en la cámara y muchas más en la memoria. Los que no me acompañaron, se arrepentirían después de escuchar el relato.

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