Quillotro
OCIO

 

Barranco de los pontones

© Joaquín Hortal
Abril de 2007
Quillotro - Pontones

El viajero, como siempre, anda guiado e ignorante de los lugares que le rodean. Conducen al viajero por un camino a la izquierda antes de la Variante. Unos metros sobre tierra y aparcan mirando al norte en lo que le indican, es un lugar de placer, un picadero: la siembra de látex en el suelo lo verifica.

Quillotro - Cuevas Quillotro - Pontones

Media tarde y sombras en el fondo de la rambla. Toman campo a través, entre almendros. La pendiente asusta al viajero pero el terreno labrado afianza sus pasos. La vista puesta en la derecha, en el este, donde el barranco busca el río. Un mínimo despiste y el viajero pierde a su audaz guía que grita lejanas indicaciones de como seguir bajando.

Alcanzan el lecho de la rambla. Su valle es ancho pero su cauce actual apenas cubre un par de metros de anchura. Una pared inmensa encajona el flanco izquierdo y niega la luz al camino. Zigzaguean por el cuerpo del torrente seco interrumpido por mínimas cascadas y árboles atravesados. Sorprende el contraste de colores de las tierras de la derecha y de la izquierda y la ausencia de vegetación. Una primera cueva cierra el camino. Entrada

Quillotro - Intracueva Quillotro

inmensa pero techos bajos con luz intuida en el fondo. La claridad exterior impide que los ojos se adapten a la oscuridad interna.

 

El flanco interno derruido cierra parcialmente el avance y recuerda los peligros de una cueva natural. El viajero rehuye temores y se adentra veloz. El guía, curtido en estas lides, sugiere prudencia y avanza en retaguardia. La salida es angosta, jalonada de obstáculos. El olor es extraño, desagradable; "guano de murciélago", le recuerdan al viajero.

Unos pasos más adelante y una nueva cueva. Coronada de un orgulloso pino, se interpone en el avance. Ahora el lecho es más ancho por la desembocadura de otra rambla. Viajero y guía miran la posición del sol y deciden aventurarse en el remonte de ese nuevo cauce.

Quillotro

Sus flancos son más escarpados: a la derecha de nuestro ascenso, inmensas murallas verticales, casi pulidas, se abren como esculpidas por mano humana. Aunque nunca ha estado, el viajero tiene la sensación de que la ciudad de Petra puede aparecer en cualquier momento. Avanzan admirados de la grandeza oculta entre barrancos que tan pequeños deja a viajero, guía y torrente seco. Nuevas cuevas naturales a modo de grandes hornos se abren al cielo por chimeneas excavadas por varios miles de años de un continuo goteo.

Quillotro - Chimeneas Quillotro - Chimeneas

De vuelta al cauce original y atravesando dos cuevas más, la rambla se abre veloz facilitando el descenso. Aquí la mano humana ha construido grandes diques para contener la venida del torrente en los días de lluvia. El viajero desilusionado, aunque lo sabía, comprueba que no es el primero en pasar por estos lares.

Quillotro - Murallas de tierra

El horizonte nos muestra las aguas del embalse que alcanzamos tras unos minutos. A nuestra izquierda, a unos cien metros, la metamorfosis: el río Guadalentín se hace pantano y sus orillas se convierten en playas. El viajero se percata de un mínimo rumor en la orilla opuesta: una barca a motor la circunda haciéndose una con el paisaje.

Quillotro - Cortijo del cerrillo

Sentados hacia el nordeste, con Carramaiza en el horizonte, el guía indica al viajero los restos del cortijo del Cerrillo mientras revuelve los recuerdos de segunda mano de aquellos bisabuelos que hicieron vida y descendencia entre las paredes de esa cortijada.

Después el regreso: ascenso por los restos de un camino que termina en la cuesta Doblas. El viajero arrastra su falta de forma por la tierra intentando seguir al guía mientras el corazón golpea en las sienes pidiendo una tregua. El frescor del atardecer y la suavidad de la pendiente en los últimos metros permiten al viajero disfrutar de las últimas imágenes del río hecho pantano.

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