Quillotro

El final de los velatorios en casa

© P. Checa
17 de febrero de 2011
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En el siglo pasado los cueveños  nacían y morían en  casa, rodeados de los suyos y de lo suyo. Ahora con la construcción del nuevo tanatorio de “La Cañá” al difunto se le saca de casa para  llevarlo  al negocio rentable de la muerte, el tanatorio. Con este paso se acaba definitivamente con una de las tradiciones cueveñas más antiguas: el velatorio en casa del anfitrión, el muerto. Aunque pensándolo bien, actualmente los españoles estamos sacando de casa todo tipo de celebración: cumpleaños, aniversarios, comuniones, reuniones familiares, etc.: “¡menudo engorro!, pago y no me pego la paliza.”

La Tía María de los Tomates (Los velatorios): “Ibamos tos; unos antes y otros después. Por cualquier cosa se reía uno, pero que no era bonico aquello. Luego de madrugá se sacaba de to, como si fuese una boda. Botellas de toas clases, dulces... y por la mañana se iba cada uno cuando podía. Iba mucha gente. Ahora ya se ha quedao a menos. Los velatorios ya no son lo que eran; eso ha cambiao como de la noche al día(La gente güena. Antonio V.)

Los más jóvenes ven en la construcción del tanatorio un lugar  limpio y acondicionado, pensado y diseñado para satisfacer todas las necesidades de los familiares en ese momento. Una forma  cómoda y práctica de despedir a un ser querido. Pero para los más mayores que han visto morir a sus abuelos y padres en casa, en su habitación, en su cama, es un cambio total, que muchos no están dispuestos a tolerar: “Yo nací en esta casa y aquí moriré”. Aunque una vez muerto, no vale ni razón ni opinión.

El velatorio en casa del muerto es uno de los actos sociales que más me ha impactado durante mi infancia. En el pueblo los niños nos hemos criado rodeados de  ancianos, a los cuales hemos visto envejecer, enfermar e incluso morir. La muerte en el pueblo nunca se le ha ocultado a un niño, lo hemos sentido como algo normal y natural.

Este es el procedimiento habitual de un velatorio tradicional:

La anunciación  de la muerte de un cueveño recorre el pueblo como la pólvora. No como en las ciudades donde  no se enteran ni los vecinos. Es un acto social al que todo cueveño debe asistir inexorablemente, somos muy cumplidos. Muchos cueveños ante la llegada de la muerte  dejan encargado a un familiar el traje que quieren que se les ponga el día de su entierro, hasta para morir somos coquetos. Una vez amortajado se coloca el cadáver en la habitación de la casa en donde se le va a velar toda la noche de cuerpo presente. Empiezan ha llegar primero parientes, vecinos y amigos cercanos y posteriormente los más lejanos. Las primeras horas del velatorio son de lloros, lamentos y rezos.

De frases hechas que hemos aprendido con la práctica: “Siempre se van los mejores. Ha pasado a mejor vida.  Por lo menos dejó de sufrir. Hoy estamos, mañana no estamos .No somos nada. Parece que está dormido, que guapo está. Así dejó de sufrir. Es ley de vida, etc.” Aunque en mi opinión si no sabes que decir no digas nada, limítate a estar ahí, acompañándole, y consolándole.

Conforme van pasando las horas se hace una división de los veladores por sexos. Las mujeres se quedan en la estancia donde se encuentra el muerto. Cada vez que entra un nuevo velador se rompe el silencio con lloros  y expresiones de dolor por el difunto. Los hombres se van a otra habitación o a la calle, donde casi siempre hay una hoguera. Pasan la noche entre cigarro y cigarro, arrimando palos a la lumbre. Ya lo dice el refrán: “Estás más caliente que el cenicero de un velatorio”. El único que deja de fumar en el velatorio es el muerto.

Durante el velatorio cada sexo cumple el papel para el que han sido educados. Las mujeres  sentadas en la habitación, de un luto riguroso,  con sus lloros y oraciones. Cumpliendo con su papel eterno de cuidadoras y protectoras de la familia, sensibles;  llorar es cosa de mujeres. Los hombres en el salón o en la calle, sin llorar ni rezar, más distantes de la situación, entablando conversaciones relacionadas con el tiempo, trabajo, política, anécdotas del muerto.

Ya avanzada la noche comienza la segunda fase, la más animada y esperada, la que marca la diferencia entre un velatorio u otro.  En la cual  las mujeres ejercen su papel histórico de amas de casa y empiezan a recorrer la casa con bandejas con comida: roscos, mantecados, galletas, embutidos, café, aguardiente, coñac, vino, etc. Con este catering esperado y obligado se anima la situación y comienzan a contar chistes, chascarrillos graciosos, criticas. etc. Creando situaciones en las que hay que imponer orden más de cuatro veces, principalmente a altas horas de la madrugada, Que se ven interrumpidas por el mandar callar de las mujeres.

A altas horas de la madrugada, comienza la tercera fase en la que los menos allegados   comienzan a marcharse quedando en la casa los familiares más directos. Es la fase en la que vence el cansancio con la llegada del sueño, comienzan  los ronquidos, los lamentos entrecortados. El velatorio termina al comenzar el funeral, seguido por el entierro.

Ahora con la construcción del tanatorio será todo más funcional. Es como ir  al Carrefour: tienes un amplio aparcamiento, cafetería, tiendas donde comprar flores y todo tipo de recuerdos mortuorios. Hay un horario de apertura y cierre. Al protagonista de la noche, el muerto, se le coloca bien vestido y maquillado detrás de un escaparate, igual que un maniquí  de El Corte Ingles. Es más cómodo, más descansado. Tú ahí sólo tienes que encargarte de llorar, que no es poco.


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