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MI CUEVAS

 

San Isidro 1950: otra historia de antes

© Joaquín Hortal
16 de mayo de 2010

El 14 de mayo por la tarde, sobre las seis, los zagales se apostaban en el puente de Triana. “Así empezaba San Isidro entonces”, dice mi padre. Algunos, impacientes, subían hasta el cementerio. El autobús que venía de Zújar serpenteaba por la carretera y cuando se aproximaba los chiquillos “se subían a las escalerillas en marcha”. El bus paraba en el puente de Triana, y los músicos de la banda de Zújar se bajaban, uno a uno, con sus gorras, cuando las tenían, sus chaquetas y sus instrumentos, o “pitos” como le llamaban los zagales. Eran como mucho treinta. El maestro de música, Don Justo, “un trompetista de calidad” según mi tío, formaba a sus pupilos delante del vehículo. Las autoridades que les recibían se limitaban a los dos municipales, el Chacho Ángel y Moya, y “como mucho el alcalde, cuando éste era Frasco El Gordo” recuerda mi padre.

Comenzaban un pasodoble allí mismo, e iniciaban la marcha, carretera abajo, hasta la puerta de la iglesia. Iban flanqueados de mozuelos extasiados por la novedad y la fiesta, corriendo arriba y abajo. En la plazoleta del templo volvían a tocar, normalmente algo poco festivo y más bien sombrío: lo propio del clero. Terminada la pieza, rompían filas. Probablemente ya estaría oscureciendo, y era el momento de distribuir a los músicos entre los vecinos del pueblo. Al ser de Zújar, muchos tenían familia en Cuevas y se quedaban con ellos: en casa de Miguel Benegas dormían dos parientes, y en la de Alfonso el Zurdo un sobrino. En presencia de alcalde y municipales, se decidía a que casa iba cada músico, y los zagales, en representación de la familia, cogían su músico asignado y lo llevaban a casa. “Yo iba más ancho que largo con mi músico de la mano camino a mi casa” dice mi padre.
Ninguna cueva estaba sobrada de camas y en la mayoría de viviendas, el músico debía compartir cama con alguno de los componentes de la familia. Según mi padre “…en mi casa dormía conmigo, y bien que me fastidiaba, pero me pasaba horas mirando la gorra, la chaqueta y el pito”.

El 15 de mayo, por la mañana, peinados, bañados, algunos por única vez en el año, con algo que estrenar si es que era posible, y una peseta de papel bien agarrada, como mucho dos, se acudía a la misa y a la procesión de San Isidro. “Te ponía zapatos por primera vez en el año, casi siempre demasiado grandes para que te duraran más. Como no estábamos acostumbrados íbamos muy incómodos”. Para la procesión se compraban un globo, y si estaban sobrados de dinero, el globo lo compraban con pito: éste de los que pitan, no de los que tocan.

Tras la procesión, las mujeres se dirigían a casa para hacer la comida, los hombres a la taberna para la liga, y los niños, lo primero de todo, a hacerse una foto. “Valía tres pesetas y te daban tres fotos, por lo que había que buscar a otros dos y así se repartía el gasto”. Lo que quedase de dinero se gastaba en la caseta de tiro de Manuel “el Cachorro” o en las cunas de José “el Cachorro”, hermanos (y poceños). En El Paseo se distribuían las mesillas de turrón, de turroneros de Baza y el Pozo, alguna caseta, y en los últimos 50 ya estaba el padre de Luis “el turronero” primero, y el propio Luis y su hermano años después. Con los turrones tan a mano, no faltaban los pilluelos que de un tirón se llevaran un puñado, “a primera hora de la mañana, Moya, el municipal, ya tenía a Sostenido cogido de una oreja”. El famoso Sostenido que tantas veces he oído mentar a mi padre.

Por la tarde el baile. Era, según los años, en el almacén de Germán, donde estaba el Servicio Nacional (donde se almacenaba todo el trigo del estado), o frente al cine del Pajarillo, donde estaba la central de la luz. La música iba a cargo de la banda que se había recibido tan calurosamente de Zújar. A diferencia de otros pueblos, en Cuevas del Campo el baile no estaba dividido entre ricos y pobres (como por ejemplo ocurría en el Pozo).

Otro acontecimiento de aquellas tardes de San Isidro era colgar un gallo y tratar de golpearlo con los ojos vendados. Se hacía en el Paseo, frente al Casino. En una ocasión (debió ser en 1950 o 1951), Isidoro el Postemoso (tío del que conocemos ahora) tratando de golpear el gallo, acabó atizándole al cura Pita semejante golpe que “cayó redondo al suelo”.

El día 17, por la tarde, se hacía corrida de cintas de caballos. Se hacía en la Cañá San Isidro, en la era del tío Joaquín Hortal. “Augusto cogió una yegua negra de mi padre y corrió con ella. La yegua se desbocó y subió toda la Cañá San Isidro arriba y fue a parar al Pino Virao”. “Otro año, Paquito el de la Tocona corrió montado en una vaca entre los demás que iban a caballo. Fue un espectáculo. La orquesta tocaba Tengo una vaca lechera”.

La noche del día 17, la última, se hacía el castillo de fuegos artificiales. Se hacía en la era de los Arililes, la actual plaza 21 de noviembre. “Una noche cayó un cohete en el corral de Juan de Dios y se le pegó fuego. Lo apagó como pudo”.

El último día los músicos volvían a Zújar. Habían participado en todas las actividades de las fiestas: misas, procesiones y bailes. Su marcha era un drama y marcaba el final de las fiestas. Los zagales estaban entristecidos. La música se iba y se llevaba la fiesta. Nadie iba a despedirlos.   

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