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MI CUEVAS

 

Una historia de San Isidro: garrotazo al pavo

© P. Checa
15 de mayo de 2010

Leyendo el programa de fiestas de nuestro amado pueblo, me ha venido a la cabeza uno de los reclamos de las fiestas de San Isidro en mi infancia, entre los años 70 y 80. Creo que sería interesante relatarlo para que los más jóvenes cueveños de hoy  conozcan qué se hacía en las fiestas de aquellos años. El evento era conocido como el “garrotazo al pavo” .Al igual que otros pueblos han pasado a la historia por la utilización de animales vivos para animar las  fiestas patronales, como por ejemplo: el lanzamiento de una cabra desde el campanario en Meganeses de la Polvorosa (Zamora) o el lanzamiento de una pava desde el campanario en Cazalilla (Jaén). Nuestro pueblo también quizás hubiera pasado a engrosar esta lista de pueblos ilustres si hubiera continuado con tal singular evento. Bueno era otra época y no podemos enjuiciar estos hechos con la mentalidad actual afianzada en velar por que se cumpla la legislación vigente sobre protección a los animales. En que consistía el festejo del “garrotazo al pavo”:

Este evento, las veces que lo presencié, se realizaba en una era que había en el barrio de Triana al lado del bar del  “Pescaero”. En el centro de la era se excavaba un hoyo lo suficientemente profundo donde se introducía un pavo atado por las patas con una cuerda, se le enterraba en vida, quedando perfectamente empaquetado, asomando sólo el cuello y la cabeza. Era una diana perfecta, esa cabeza asomando con su roja cresta, marcando perfectamente el punto exacto donde debía darse el garrotazo.

El pavo giraba su cuello de un lado hacía otro intentado comprender la situación tan extraña, mirando al tendido sin saber lo que ocurría, lanzando su llamada característica al viento: “¡Gulu, gulu, gulu!”; consiguiendo como única  respuesta las carcajadas del pueblo enfervorecido por el síndrome de las fiestas de San Isidro.

El concejal de fiesta colocaba al cueveño participante  un pañuelo bien apretado en los ojos, asegurándose  de que no viera nada. A continuación se le daba un paseo por la era, dándole una serie de vueltas sobre su propio eje de rotación, de forma que  cuando se le soltaba había perdido totalmente el sentido de la orientación. Se le entrega el garrote de considerables dimensiones, casi siempre era el astil de una azada.  

Aquí empezaba la diversión del pueblo, porque casi siempre los participantes salían caminando en dirección opuesta, contando sus pasos y una vez que piensan que han llegado junto al pavo, tomaba la posición y con todas su fuerzas golpea la imagen en 3D representada en su cabeza, con toda certeza por un momento de que el garrotazo será certero. Era un momento jocoso pues veías al pobre cueveño andando a ciegas, caminando despacio, midiendo sus pasos. La gente intentando distraerlo con todo tipo de artimañas que lo desorienten e impidiera que la empresa llegara a buen fin.

El pueblo se lo pasaba divinamente alrededor de la era, en especial a costa de los mozos del pueblo que no lograban acertar de un garrotazo sobre la cabeza del animal, saltaban de emoción cuando el garrote rozaba la cabeza del animalico. Cuando esto sucedía se escuchaba a todos los espectadores asistentes a tan singular evento  un ¡Uyyyyyyyy…!, seguido de vítores y aplausos.

Muchos pensarán que es cosa facilísima acertar a la primera estando el pavo tan bien colocado, pero os puedo asegurar que no lo es, y voy a explicar el por qué: no vale con que el palo toque la cabeza del pavo y le produjera un poco de sangre, había que darle un garrotazo mortal de necesidad, en el cual se certifique su muerte clínica de forma visual, sin necesidad de una prueba forense.

El pavo tenía más reflejos que Bruce Lee, y en cuanto se daba cuenta de la situación y escuchaba el silbido del garrote dirigiéndose directo a su cabeza, al igual que el mejor ninja ladeaba la cabeza en el último momento, evitando por una vez más lo inevitable. El participante que lo intentaba, sólo podía realizar un garrotazo cuando pensaba que estaba en la posición correcta, no podía repetir la acción si fallaba el golpe. Con esto corría el turno y pasaba el garrote a otro mozo del pueblo.

Quillotro - San Isidro 2010

Pero entre los participantes siempre había algún Cueveño hábil,  que no se despistaba con las vueltas y cuando agarraba el garrote se dirigía despacio pero de forma firme y segura hacia donde estaba el preciado trofeo que iba a alegrar la olla de su familia. Cuando llegaba al punto marcado por la roja cresta que marcaba la ubicación del pobre bicho, el hábil mozo alzaba el garrote y de un golpe seco y sin ningún tipo de duda machacaba le cabeza del pavo, que antes de morir, miraba con sus ojitos cristalinos y rebolondos hacía los presentes lanzando su último ¡Gulu, gulu, gulu, guuuuuur!  Como diciendo: “¿que he hecho yo para merecer esto?”. El pueblo aplaudía y lanzaba todo tipo de vítores, repitiendo el nombre de tan ilustre y afortunado gladiador, que había conseguido acabar en el Coso de Triana con tan terrible fiera.

¡Viva San Isidro!     

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