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MI CUEVAS

 

Video: Personajes de la X SSV

© Antonio V. Martínez
26 de abril de 2010
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Jesús de Nazaret, la Virgen María y las Santas Mujeres, Poncio Pilato y sus Senadores, Caifás y los Sumos Sacerdotes del Sanedrín, el ejército romano con los mejores caballos de Iberia -jinetes incluidos- del emperador Tiberio; José de Arimatea, la Verónica junto con el pueblo hebreo, la recuperación de los oficios, el Mercado Judío, la ambientación de la ciudad sagrada, el pueblo hebreo con todos sus figurantes, la Banda de Tambores, los animales de carga con sus arrieros, el ganado de ovejas y sus pastores; todos los equipos de trabajo, cada uno en su sitio, como tiene que ser. Sólo esperan una señal.

¡Son las cinco en punto de la tarde! La ciudad se activa, milagrosamente, a la vez como por arte de magia; todo comienza a funcionar a la perfección. 

Miles y miles de personas venidas de lugares inimaginables -¿Roma, Siria, Líbano, Egipto, islas griegas...?- han quedado atrapadas misteriosa e inamoviblemente por el túnel del tiempo que les hemos preparado, intencionadamente. No saben lo que les espera. Ni lo sueñan.
Todo está a punto después de un año de intensísimo trabajo. La utopía está a punto de hacerse añicos -una vez más- ante el rigor histórico y la belleza de la puesta en escena de nuestra Semana Santa Viviente o por el gran esfuerzo, trabajo, tesón, ilusión y el cariño en el buen hacer de las cosas de toda la comunidad de Cuevas del Campo.

Así está nuestro pueblo hoy, convertido en la auténtica ciudad de Jerusalén de hace más de dos milenios, con sus oficios recuperados, ladronzuelos, vendedores deambulando por sus calles míseras y su viejo Mercado Judío lleno de ruidos y mercadeo; el Pretorio de Pilato con su guardia personal, criados y damiselas; y llegados del tajo los hombres del esparto y sus niños, haciendo presente a nuestros antepasados cueveños, como en un abrir y cerrar de ojos, los esparteros y sus niños; las burras con los aperos de antes y los pastores con el ganado, pasando frente al palacio del gobernador de Judea con todo su estruendo, defecaciones en ruta y balidos; en días de frío intenso se refugiarán muy cerca de nuestra ciudad.

Es la época ¿gloriosa? del emperador Tiberio, el año treinta y tres después de Cristo, reflejada en su indigencia y grandeza al mismo tiempo. Aquí, en Jerusalén, está a punto de suceder una gran tragedia; se siente por todos los rincones y calles de este entrañable pueblo: Jesús de Nazaret ha sido condenado a morir en la cruz, junto a dos ladrones más. Su ejecución es cuestión de minutos o quizá de horas.

La parada en el Mercado Judío con su exposición de aves rapaces y los juegos de cetrería nueva este año-, hace más creíble a nuestro visitantes del lugar en el que se encuentra en estos momentos, en la realidad de la época cuando le ofrecen los diferentes productos de aquella zona, así como gran cantidad de remedios y plantas medicinales que, sin duda, curarán sus diferentes enfermedades por malignas que estas sean. 

Más de uno -nunca en la Jerusalén de nuestro pueblo se habían visto tanta gente junta- se sintió transportado al interior de este drama para ver morir al Nazareno en el Gólgota, junto a dos malhechores. Sin duda, no podrán olvidar tampoco donde se estaban cuando oyeron los látigos golpear, una y otra vez, la espalda de Jesús.

    

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