Quillotro
MI CUEVAS

 

Del Cementerio viejo a la gripe española

© Joaquín Hortal
10 de julio de 2009
(…) Por cierto, y a quien corresponda, sería un buen gesto
 para la historia local cercar el antiguo recinto
 mortuorio y dignificarlo mínimamente(1).



Así terminaba D. Andrés Prieto la referencia al cambio de cementerio que tuvo lugar en Cuevas del Campo en octubre de 1918. El cementerio viejo está en el camino de las Hermanicas. Si subimos por La Carretera (Puerta Real) rumbo al cementerio nuevo, unos cien metros antes de llegar al Puente de Triana, a la derecha y entre casas, arranca un camino, ahora recién allanado, que seguido, termina en el mirador del campillo. Sólo unos 50 metros después de bordear el Puente de Triana, y superada ya una primera cuesta, a la derecha entre bancales de olivas, se abre un terreno aislado, en blanco, de unos pocos metros cuadrados. Hasta ahora era un erial mudo, que nada decía de su pasado. Hasta ahora estaba comido de malas hierbas y no se vislumbraban los muros que lo circundaban.

¿Por qué se cambió de cementerio? La fecha del cambio, 1918, lo dice todo: ese año fue la última gran pandemia, esperemos, que asoló el mundo: la gripe española. Probablemente el exceso de mortandad que Cuevas sufrió ese año fue tal que desbordó la capacidad del cementerio viejo, y algún impedimento debió de haber para agrandarlo, por lo que se decidiría la construcción de uno nuevo a tan solo unos 200 metros al sureste. Andrés Prieto escribió: “… la única referencia en los archivos sobre la clausura del antiguo y la apertura del actual data de mil novecientos diez y ocho “el año de la epidemia”; en el Libro I de Defunciones, en el que hay una acotación en la que se indica que, a partir de la misma, los enterramientos se realizarán en el nuevo cementerio (…) siendo el primer enterramiento en el nuevo el de Manuel Martínez Martos, hijo legítimo de Manuel Martínez Navas y de Natividad Martos Gámez, efectuado el día trece de octubre de mil novecientos diez y ocho, y el último del cementerio antiguo el de Ana Ramos Márquez, hija natural de María Ramos Márquez y que tiene lugar el día anterior al reseñado anteriormente…”(1)

Cuarenta millones de personas perdieron la vida en ese año de 1918 en todo el mundo por la gripe. En España el exceso de mortalidad fue de más de 200.000. En Cuevas del Campo, y según recoge Antonio V. Martínez Cruz en su Blog citando a Andrés Prieto Martín “…fueron enterrados en este mismo año ciento treinta personas, siendo la mitad niños…(2). Si la población de Zújar en 1.920 era de 5.851 hab, y asumimos que Cuevas tuviese un 30-40% de la población zujareña, podemos suponer unos 2.000 hab para Cuevas del Campo (algo más con el exceso de muertes de la epidemia). Si la mortalidad en aquellos años era en España del 23 por mil, la mortalidad esperada en Cuevas del Campo debería haber sido de unas 50 personas, y murieron 130: un 160% más de lo esperado: no extraña el cambio de cementerio (3).

El 18 de junio, pocas horas antes del cambio de alcalde, el equipo de gobierno invitó a los cueveños a la imposición de una cruz en el viejo cementerio. De hierro, inmensa, se asentó la cruz en medio del terreno sobre un profundo pedestal escalonado de hormigón que se adentró en el corazón de la

Quillotro - Cementerio viejo
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tierra. Y quizá se adentró demasiado. Las tierras estaban segadas, removidas, descombradas en un lateral y aplanadas y después fueron cubiertas de grava. Puede que demasiado removidas y descombradas. Aquellos famosos muros que lo circundaban han salido de la profundidad, pero parte de los escombros los vuelve a tapar. Unos días después, en una segunda visita, el pedestal había crecido y la cruz, elaborada por la Escuela Taller Santo Ángel, había sido blanqueada. Entre olivares, el luctuoso monumento es visible desde los barrios cercanos: Cuartones, Triana y el Gorrión.

La cruz se antoja desproporcionada, no solo en el tamaño (5-6 metros, así, a ojo) sino también en la forma, y quizá el travesaño debiera ser más corto y cruzar el palo más arriba. Pero entra sin duda en la definición de cruz latina. Aunque ya siendo puntilloso, el pedestal escalonado le da un aire a cruz evangelista y por otro lado, el estar hecha de vigas de hierro le da un aspecto biselado en sus extremos que la aproxima también a la cruz bizantina.

No sé cómo se dignifica un cementerio abandonado. No sé si escarbarlo, excavarlo, descombrarlo, echar grava y cimentar hasta sus huesos una inmensa cruz es una forma de dignificar o se aproxima más a la profanación. No sé si una cruz ingente y blanca, visible desde la lejanía, es una forma de recuerdo o de megalomanía: recordemos que una de las cruces más grandes de la cristiandad es la que nos avergüenza en el valle de los caídos. De cualquier manera, esta forma de homenaje no cuadra mucho con el abandono que los cueveños hicieron de sus difuntos hace 90 años. Quizá habría sido suficiente un segado superficial de las hierbas, una restauración breve de los muros y una estela o monolito al borde del camino de cómo mucho un metro de altura, que explicase que aquello fue un cementerio y las razones de por qué dejó de serlo: “Aquí enterramos nuestros muertos hasta que la gripe de 1918 vació nuestras cuevas y colmó estas tumbas…” o algo por el estilo. Claro está, previo permiso de medio ambiente, porque ¿hace falta estudio de impacto ambiental para una cruz de unos 5-6 metros, así, a ojo?

El problema de que los muertos desborden el cementerio que los aloja no es patrimonio exclusivo de Cuevas del Campo: es tan antiguo como el gusto por enterrarlos. En la mayoría de los pueblos con antigüedad suficiente, los difuntos por los que pasaban los siglos han sido evacuados de los cementerios y realojados en osarios o fosas comunes cuando el recuerdo de los vivos ya no alcanzaba a honrarles con flores el primero de noviembre. En las grandes ciudades, donde el sepulcro se alquila por unas pocas décadas, ni siquiera se espera a que ese recuerdo se apague.

Es obvio que lo importante son los difuntos y no el terreno que los alberga. Hace muchos años, probablemente casi desde el principio, que no hay referencia alguna en el viejo cementerio en forma de lápida, estela o símbolo a los que allí están enterrados. Es posible que muchos de esos símbolos se trasladasen al nuevo Campo Santo y que incluso se hiciera lo mismo con muchos huesos. No ha habido flores en noviembre desde hace muchas décadas, probablemente casi desde el principio. Y si los difuntos del viejo cementerio han sido olvidados ¿por qué hemos de homenajear ahora las tierras donde se alojan? Y por otro lado, teniendo en cuenta la función de esas tierras hace más de 90 años ¿estamos dispuestos a hacer de un cementerio abandonado una plaza pública para sentarnos a contemplar la puesta de sol? Con menos hicieron tres películas de Poltergeist.

Mientras, paradójicamente, asesinados de la guerra civil que no han podido ser olvidados, yacen en cunetas indignas en espera de un homenaje. Como dice mi abuela, esta vida es para no estar a gusto.

 

Notas:
  1. Andrés Prieto Martín. Nuestra parroquia. Revista Los Aljibes, número 17, 2001: pag. 42
  2. La cifra de mortalidad en Cuevas del Campo en 1918 aparece entre paréntesis en la cita que Antonio V. realiza sobre el texto de Andrés Prieto, si bien, no aparece en el texto del número 17 de Los Aljibes.
  3. Estas cifras son supuestas, aproximadas, deducidas y con un amplio margen de error: no dar por ciertas

 

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