Quillotro

21N: Qué noche la de aquel año

© J. Hortal
  24 de noviembre de 2008
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El día de antes, jueves, se había cumplido el primer lustro de la muerte, en su cama, del dictador. Había oscurecido ya ese viernes 21 de noviembre de 1980 cuando Pepe e Isabel volvían a casa. Él de la liga en el bar de Augusto; ella de la casa de sus padres. Eran poco más de las 9 de la noche. Sentados en la salita de estar, encendieron el televisor. En el primer canal el telediario. Seguramente en las horas previas se habrían hartado de emitir imágenes del valle de los caídos y del cada vez más lejano entierro del dictador. Pepe, atento al parte. Isabel estaba algo despistada cuando el locutor, Alberto Delgado, dijo “…el consejo de ministros…aprueba la segregación de Cuevas del Campo de con Zújar… con una población de 2.475 habitantes, en la provincia de Granada”. “Has oído niña”, dijo Pepe. Se emocionaron. “Me acuerdo hasta de la ropa que llevabas en ese momento” me dice Isabel, “…un mono con cremallera hasta el cuello que yo te había hecho de unos pantalones viejos de tu padre”. Yo tenía dos años.

La explosión de júbilo fue espectacular; los cueveños
 residentes en el pueblo se congregan en el paseo y se
 abrazan felicitándose; los ausentes calientan las líneas
 telefónicas con el mismo fin: hubo diversas celebraciones
 para festejar el evento e, incluso hoy, tenemos en el pueblo
 una plaza con el nombre de veinte y uno de noviembre.

Cita y foto tomadas de, La segregación de Cuevas del Campo de Zújar, de Andrés Prieto Martín. Publicado por entregas en la Revista Los Aljibes.

“Qué íbamos a saber. Nadie sabía que el asunto se había llevado ese día al consejo de ministros” dice Pepe Hortal. “Yo no imaginaba que iba a ser tan rápido, pensaba incluso que la segregación tardaría más de seis meses en lograrse. El único que podía estar enterado era el abogado -José Antonio Gallego- que era asesor de Jiménez Blanco, pero seguramente no nos dijo nada por si se torcía”. La creación de Cuevas del Campo cogió a los cueveños desprevenidos. El pito de un coche sonó en la puerta de la casa. Pepe se asomó: eran Ramón Vico y Paco Alcaría, “¿Pepe, te has enterado?”. Se subió con ellos al pueblo. La noticia era un reguero de pólvora y los cueveños se echaron a la calle. Al llegar al Paseo, solo minutos después de acabar el telediario, ya había una muchedumbre enfervorizada. Isabel se quedó para bañarme, darme la cena y acostarme. Entonces Pepe bajó a por ella, y a mí me dejaron sólo en casa, en Los Hoyos, con dos años, “…pero estabas dormido”, se defiende Isabel. Eran otros tiempos. La sobreprotección es un (peligroso) invento reciente.

Era uno de esos pocos momentos de felicidad infinita. Felicidad colectiva, compartida. Se servían bebidas en el Bar de Augusto y en el del Bollo. Pagaba el ayuntamiento de Zújar (para eso era Augusto alcalde). La gente en mangas de camisa por el calor de la locura. Nadie temió al intenso frío de aquella noche. “A mí me cogieron varias veces en hombros” dice Pepe, “y me echaban cubalibres encima”. Angelina y Orozco, por entonces vecinos de Isabel y Pepe, dejaron también a sus tres hijos, María Ángeles, José Antonio y Jorge Juan solos en casa. Orozco y Pepe se turnaron aquella noche para bajar a cada rato a ver cómo íbamos: pegaban la oreja a la puerta y si no había llantos, de vuelta al Paseo.

Fue noche de hielo, y muchos fueron los que, escarchados y escarchadas, afollonados y afollonadas, amanecieron dormidos en la calle.

La mañana del sábado 22 de noviembre, con muy poco sueño en el cuerpo, se volvió a reunir la Comisión de Vecinos para organizar la fiesta de celebración, ahora ya sin improvisar y formal. Ya de noche se encendieron tres fuegos en el Paseo. Se avisó a todo el mundo por altavoces, y no faltó nadie. Chorizo, morcilla, tocino asado y vino a manta. Se despedazaron 16 jamones. Todos estaban invitados y todos se hartaron de comer y beber, y alguno incluso hubo que se llevó viandas a casa. Cuantos camiones pasaban por la carretera se paraban para convidarse en la celebración. Alguno vino del Pozo y es de suponer que nadie lo hizo de Zújar. Sin embargo invitaban ellos. Esta vez también pagó el ayuntamiento de Zújar: paradójicamente los cueveños celebraban su separación de Zújar con cargo a las arcas de los zujareños.

Como la noche anterior, la fiesta aguantó hasta el amanecer, y los afollonados, esta vez también atiborrados, volvieron entre escarchas al hogar. Fue el culmen de la felicidad colectiva. Aunque en el pasado el barco había hecho aguas en algún momento, se mantuvo firme hasta llegar al puerto de la segregación. En adelante las diferencias políticas disiparon la unión que ese proyecto común de separación había generado. Cuevas del Campo se hizo un pueblo normal: con las diatribas, rencillas, aprecios y desprecios, partidismos, sesgos, etc que adornan toda comunidad; un pueblo plural.

El pasado 21 de noviembre, viernes, como viernes fue el de 1980, celebramos el 28 aniversario de aquella noche. La fiesta improvisada de aquel viernes fue tan desbordada que se consumió en sí misma. En los tres años sucesivos a la segregación no hubo celebración colectiva y de forma tímida se fue festejando a partir de 1984. Ha habido algunos años de más valor e interés, asociado a las visitas de las hijas del abogado José Antonio Gallego. Sin embargo no se ha abandonado esa timidez en el festejo, y nunca se ha conseguido imprimir la euforia de aquella primera fiesta.

Quillotro - Segregación

 


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