Quillotro

Lañaor, un artista del hambre

© Joaquín Hortal
30 de junio de 2008
Escena de la película "El camino a Casa" de Zhang Yimou

     Se sonrió a medias y dijo “pues claro que había, de toda la vida ha habido lañaores”. Así contestó hace años mi padre a mi despistada pregunta de si pasaban antiguamente gentes por el pueblo arreglando platos y lozas rotas. Yo había visto hacía unos días una película china, El Camino a Casa, de Zhang Yimou, y me había sorprendido un personaje que viajaba de pueblo en pueblo en la China de los años veinte, arreglando la cerámica fracturada. No había escuchado nunca la palabra lañador  y no imaginaba que hubiese existido tan curiosa ocupación.

     Hace unas noches, en casa de mi abuela, me quedé mirando el aparador. “¿Tienes algo que esté lañado?”, pregunté, “Eso es…” contestó ofendida, “… ahí está todo nuevo, en mi casa nunca ha habido nada lañado”. A mí me hubiese encantado lo contrario, pero está claro que ella relaciona los objetos lañados con la miseria de otros tiempos. Le objeté que probablemente sus fuentes serían más valiosas si estuvieran lañadas, y pareció perpleja de tamaña barbaridad.

Curiosidad

Aquel Cagancho que tan mal quedó en Lorca (aunque al parecer donde quedó mal fue en Almagro), fue un famoso torero de los años veinte que realizó una malísima faena en la mentada Lorca (o Almagro).

Al parecer, el apodo de Cagancho le venía de un abuelo lañador que voceaba las calles con. "...a real Ca´gancho", es decir, un real por cada laña.

     Como en la China de El camino a casa, por el Cuevas del Campo de la primera mitad del siglo XX, pasaban viajantes que arreglaban los utensilios deteriorados de cualquier pelaje: lañadores, hojalateros, cedaceros, paragüeros, afiladores, silleros, traperos, botelleros... Algunos aunaban varios de estos artes y voceaban las calles: “Lañaooor, ceaceeero… paragüeeeero. ¡Se lañan los lebrillooos!” La demanda de este oficio debía ser tan importante en los años de posguerra que uno de estos artistas del hambre permanecía de una forma más o menos estable en Cuevas del Campo: el Tio Ceacero. Tenía su puesto en la posá, en el portalón. Por temporadas, dos o tres veces al año y durante tres o cuatro semanas, se asentaba en el pueblo y lañaba cuantas lozas fracturadas le llevaban, arreglaba los paraguas descompuestos y hacía o reparaba los cedazos.

     El arte del lañador era complejo. Arreglaban lebrillos, orzas, ollas, fuentes o pucheros de cerámica rotos. Tomaba los trozos fracturados de la cerámica, limpiaba los bordes y componía la forma original. Se valía de un taladro manual de cuerda con el que perforaba a los dos lados de la grieta, introducía una masilla y ponía los extremos de una laña metálica, una grapa, en los orificios realizados. Se aseguraba que las puntas de la laña fueran convergentes y las remachaba con precisos golpes de martillo. Finalmente tapaba las grietas con cal grasa. La laña utilizada es la que daba nombre al oficio: El lañador. Dicen que los objetos lañados duraban toda la vida, y si volvían a romperse, no lo hacían por la grieta lañada.

     Nunca había imaginado que se pudieran arreglar los platos rotos y menos aún que esto fuera un arte. Como otros artes del ahorro, éste también se perdió con la transición de una economía de miseria y autosuficiencia a una capitalista fundamentada en el consumo. Dejó de ser rentable arreglar, porque el nuevo sistema pedía producir y comprar para progresar. Probablemente los últimos lañadores pasaron por Cuevas del Campo en los años sesenta, antes de las grandes emigraciones. El consumismo de nuestros tiempos hace impensable la idea de arreglar, enmendar, reconstruir o reutilizar utensilios deteriorados, pero lo paradójico es que sin duda en estos tiempos el valor de un lebrillo lañado es mucho mayor que el de uno que no lo está, aunque por lo demás sean iguales. La necesidad que tenemos de renovar aquello que se deteriora choca con el aprecio que profesamos por lo único, por lo escaso, por lo que entraña un esfuerzo artístico. Y un ejemplo de esto son las obras de una artesanía perdida, la de los lañadores.

     Yo nací algunos años después de que el último lañador voceara la Cañá San Isidro. Nadie me habló de este oficio tan habitual aunque extinto ni vi ningún objeto lañado. Y así habría seguido si no hubiese sido por esa película sobre un pueblo de las montañas del norte de china a más de 20.000 kilómetros de Cuevas del Campo que desperezó curiosidades. Eso es globalización, cuando alguien en tus antípodas culturales es capaz de decirte tanto sobre tu propia cultura.

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Lebrillo lañado probablemente hace casi 100 años. En la parte interna no se aprecia la grieta.

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Fuente lañada hasta en dos ocasiones. Como se puede ver, una vez lañada, duraba toda la vida. Propiedad de Claudia Ruiz

El uso del taladro manual, berbiquí de inercia o bombín

El taladro consiste en una varilla afilada que ensarta una esfera. Por otro lado, una cuerda acerca los extremos de una tabla o arco a modo de mango que se dispone perpendicular a la varilla. Esa cuerda, en su parte media, se ancla al extremo romo de la varilla, y se enrosca en torno a ella.

Cuando se presiona el mango hacia una superficie sobre la que se apoya la 6varilla, la cuerda enroscada, se desenrosca y hace girar la varilla. Cuando casi está desenrollada la cuerda, se deja de hacer presión, y la cuerda vuelve a enroscarse, esta vez en el sentido contrario. Una nueva presión vuelve a desenroscar y provoca un nuevo giro en la varilla, esta vez también en el  sentido contrario (un sistema basado en la inercia del giro que permite enrollar y desenrollar con mínimo esfuerzo. Muy similar al yo-yo). Con la suficiente destreza, se puede conseguir que la varilla no deje de girar en un sentido y otro, y se consiga así perforar con precisión en los utensilios de cerámica.

Los artesanos construían estos taladros fundamentándose en su manejo y en su intuición, sin que hubiera mesuras y tamaños específicos que respetar en su construcción. De ahí la diferencia en la características de cada taladro.

 

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